ME GUSTAN LAS RUBIAS
(I
like blondes, 1956)
Robert
Bloch
Desde luego, todo depende del gusto de cada cual.
Supongo que debe tratarse de una debilidad mía. Mis amigos tienen sus propias
opiniones al respecto. A unos les gustan las morenas, a otros, las pelirrojas.
Por mi parte, no veo en ello nada reprobable.
En cuanto a mí, yo prefiero las rubias. Altas o
bajas, gordas o flacas, listas o tontas, me da lo mismo la clase, tamaño, forma
y nacionalidad. Desde luego, hay quien les pone muchos reparos; que si su piel
se aja más de prisa, que si tienen un carácter raro, que si son veleidosas,
materialistas, presumidas. Nada de eso me preocupa, aunque sea cierto. Me
gustan las rubias por sus especiales cualidades. Y no soy yo el único que las
prefiere. A Marilyn Monroe no le faltaron admiradores. Ni a Kim Novak.
Dejemos esto. Después de todo, no pienso pedir
disculpas. Lo que yo hago es asunto mío. Y si aquella noche, a las ocho, decidí
apostarme en la esquina de Reed y Temple para conquistar a una rubia no tengo
que dar explicaciones a nadie.
Quizás estaba demasiado bien vestido. Quizás hubiera
sido mejor no guiñar el ojo. Pero también esto es cuestión de opiniones, ¿no?
Yo tengo las mías. Y otros tendrán las suyas. Y si la
muchacha alta peinada a lo paje me miró con desprecio murmurando: «Viejo
asqueroso», opino que allá ella. Estoy acostumbrado a estas reacciones y no me
incomodan lo más mínimo.
Pasaron por mi lado dos jovencitas muy ricas vestidas
con tejanos. Ambas tenían el cabello como el trigo de Minnesota. Sin duda eran
hermanas. Pero no podían ser para mí. Demasiado jóvenes. Este detalle suele
traer complicaciones, y a mí no me gustan las complicaciones.
Era una cálida y hermosa noche de finales de
primavera. Se veía pasear a muchas parejas. Sobre todo, me llamó la atención
una rubia —recuerdo que iba acompañada de un marinero— y recuerdo también que
sus pantorrillas me parecieron las más deliciosas que viera en mi vida. Pero la
acompañaba un marinero. Luego vi a una con un niño y a otra con un grupo de
oficinistas que habían ido a la ciudad a divertirse y a otra a la que casi le
dirigí la palabra, pero en el último instante apareció el novio que estaba aparcando
el coche.
¡Oh, les aseguro que era para desesperarse! Todo el
mundo parecía tener una rubia menos yo. A veces esta situación ha durado
semanas enteras; pero estas cosas las tomo con filosofía.
Miré el reloj. Eran sobre las nueve. Entonces decidí
ponerne en camino. Yo podía ser un «viejo asqueroso», pero conocía el paño. En
todas partes puede haber rubias.
En aquel momento, sabía que el lugar más propicio
para encontrar alguna era el «Dreamway». Desde luego, no es más que un triste
salón de baile; pero no existe ninguna ley contra ello.
No había ley que me prohibiera entrar y echar una
ojeada desde la puerta antes de comprar los «tickets». No había ley que me
prohibiera mirar y escoger.
Los bailes públicos no me atraen demasiado. Eso que
llaman «música» me lastima el oído y el mero espectáculo del baile hiere mi
sensibilidad. Hay en él un efluvio de grosera sensualidad que me repugna, pero,
por lo que se ve, todo entra en el juego.
Aquella noche «Dreamway» estaba muy concurrido.
Estaba el pleno de los habituales del local: mozos de estaciones de servicio
que lucían largas patillas, maduros petimetres con trajes de línea juvenil,
pequeños filipinos de mirada triste y solitarios soldados con permiso. Y,
mezclándose entre ellos, las chicas.
¡Esas chicas...! ¿De dónde sacarán los vestidos que
se ponen? Esos atroces modelos color carmesí, naranja, cereza, fucsia... esas
fachas negras con amplio escote. ¿Y quién las peina? ¿Quién les corta ese
flequillo de caniche? ¿Quién les marca esos ricitos pegados a las sienes?
¿Quién cuida esas melenas aleonadas? Con la cara pintarrajeada de rojo y blanco
y adornadas con tintineante bisutería parecen vaquillas premiadas en algún
concurso de ganado.
Y, no obstante, había allí algunas reses de
campeonato. No quisiera pecar de incorrecto; sólo pretendo ser justo. En medio
de aquel tufillo de perfume barato, desodorante, cigarrillos y talco, en aquel
ambiente de música y promiscuidad no faltaba la belleza.
¿Poesía barata? ¡Soberana verdad! Había una muchacha
alta, con cuerpo de reina y ojos soñadores. Desde luego, no era más que una
simple morena; pero a mí no me ciegan los prejuicios. Había una pelirroja que
bailaba con serena majestad. Su cuerpo era como un cirio blanco coronado por
una llama escarlata. Y había una rubia...
¡Sí, había una rubia! Muy joven aún, con unas carnes
excesivamente infantiles y que daba claras señales de fatiga, pero tenía lo que
yo buscaba. Era una auténtica rubia, rubia hasta la médula. Si hay algo que no
puedo soportar son las rubias falsificadas de pelo teñido, o esas «rubias a
medias» que antes de los treinta se han vuelto castañas. Me han engañado más de
una vez; pero ya las conozco.
Aquélla no, aquélla era una rubia auténtica, una
verdadera diosa de la primavera. La observé mientras evolucionaba por la pista,
presa de indescriptible aburrimiento. Su pareja era un palurdo, un ranchero de
visita en la ciudad. Vestía ropas caras, pero por el blanco cuello de la camisa
asomaba un delator cogote colorado. Sí, y si la vista no me engañaba, bailaba
con un palillo entre los dientes.
Tomé mi decisión. Manos a la obra. Compré tres
dólares de «tickets» y esperé a que acabara la pieza.
Por supuesto, en «Dreamway» tocan números cortos. Al
cabo de un minuto cesó el clamor. Mi rubia se quedó sola al borde de la pista.
El ranchero había ido a sacar más «tickets».
Me acerqué a ella y le enseñé mi puñado de
cartoncitos.
—¿Quiere bailar? —pregunté.
Ella movió afirmativamente la cabeza, casi sin
mirarme. Desde luego, estaba cansada. Llevaba un traje color esmeralda, bastante
escotado y sin mangas. Tenía pecas en los brazos y, por sorprendente que ello
pueda parecer, también en los hombros y en el escote. Sus ojos parecían verdes,
pero sin duda era por el vestido. Con seguridad eran azules.
Empezó la música. Quizás, al decir que no me gusta el
baile, di la impresión de que no era buen bailarin. No quisiera pecar de
inmodesto, pero ello dista mucho de ser verdad. He procurado convertirme en un
consumado maestro en el arte de la danza. Ello me ha servido de gran ayuda para
entrar en relaciones.
Aquella noche no fue una excepción.
No hacía ni treinta segundos que habíamos salido a la
pista, cuando ella me miró —me miró «viéndome» por primera vez.
—¡Hola! ¡ Es usted un gran bailarín!
Aquel «hola» fue todo lo que yo necesitaba. Junto con
la ingenuidad de su tono de voz me permitió hacerme una idea bastante
aproximada de su carácter y su pasado. Probablemente se trataba de una
muchachita provinciana que vino a la ciudad en cuanto salió de la escuela.
Quizás viniese con algún hombre. Si no, poco debió tardar en encontrarlo. Desde
luego, la cosa acabó mal. Quizás entonces entrase a trabajar en un restaurante
o en unos almacenes, y conociese a otro, y creyese que en una sala de baile
todo sería más sencillo. Conque allí estaba.
¿Que es mucho deducir de una mera exclamación? ¡ Sí,
pero he conocido a tantas rubias en situaciones análogas, todas con la misma
historia! Las que te dicen «¡Hola!» son todas iguales. Y no lo digo en tono de
crítica. Da la casualidad de que éstas son las que más me gustan.
Debió darse cuenta de que me gustaba, desde luego,
por mi modo de bailar. Yo sabía cuál sería el siguiente comentario:
—Por lo que se ve, aún le quedan energías.
Yo sonreí, sin incomodarme lo más mínimo.
—Soy más joven de lo que parezco. —Le hice un guiño—.
¿Sabe una cosa? Podría seguir bailando con usted durante toda la noche. Y algo
me dice que no sería mala idea.
—Eso es muy halagador.
Pero me miró, preocupada. Se lo creyó. Era lo que yo
quería.
Le di casi un minuto de tiempo, para que la idea
arraigara. Entonces cambié el disco.
—No quiero engañarla —dije—. Soy como los demás
hombres que usted conoce... y estoy solo. No preguntaré si no podríamos ir a
algún sitio donde pudiéramos hablar, porque conozco la respuesta. A usted la
pagan para que baile. Pero si compro, digamos, otros diez dólares de «tickets»
usted queda libre y podemos ir a tomar unas copas. —Volví a guiñar el ojo—.
Sentados.
—Bueno, no sé...
—Claro que no sabe. Pero yo sí. Mire, si teme que me
propase, le diré que soy lo bastante viejo para ser su abuelo.
Saltaba a la vista, y lo pensó. Le tentaba la
perspectiva de sentarse.
—Supongo que no hay inconveniente. ¿Nos vamos, Mr...?
—Beers —dije yo.
—¿Cómo dice? —contuvo la risa—. No puede ser.
—Pues es. Me llamo Beers. Como la bebida. Pero usted
puede beber lo que guste, miss...
—Shirley Collins. —Ahora sí se echó a reír—. Qué
coincidencia, ¿verdad? Beers y Collins.
—Vamos, ¿qué estamos esperando?
La conduje hasta el borde de la pista, fui a comprar
los «tickets» y me puse de acuerdo con el encargado mientras ella iba en busca
de su abrigo. La propina me costó otros cinco dólares, pero los di por bien
empleados. ¿Para qué regatear? Todo el mundo tiene que comer.
No tenía mal aspecto, cuando se hubo quitado un poco
de «rimmel». Y, en efecto, sus ojos eran azules. Sus brazos eran suaves y bien
torneados. Con la mayor galantería, la acompañé al bar situado en la misma
calle, algunas puertas más abajo y, cuando encontramos una mesa tranquila y
apartada, colgué su abrigo.
La camarera era una de esas morenas flacas de tez
amarillenta. Llevaba pantalón y mascaba chicle. Ni por un momento se me
ocurriría tenerla en cuenta. Pero cumplió su cometido: traernos de beber. Pedí
whisky y ella nos sirvió dos vasos.
Pagué, sin olvidar la propina, pues exigí servicio
rápido, y ella hizo chasquear el chicle en amistosa señal de agradecimiento y
nos dejó solos. Ofrecí mi vaso a Shirley.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Nada. Es que yo no bebo.
—Espere un momento, Mr. Beers. ¿No estará tratando de
emborracharme?
—¡Mi querida niña, por favor! —exclamé en tono de
anciano profesor reprendiendo a la clase—. Si usted no quiere beber, nadie la
obligará a ello.
—Está bien. Sólo que una chica tiene que andar
siempre con pies de plomo. —La forma en que vació el primer vaso desmintió sus
palabras. Empezó a juguetear con el segundo—. Para usted no debe ser muy
divertido mirar cómo yo bebo.
—¡Qué sabe usted! ¿Acaso no le dije que me encontraba
solo y que deseaba tener a alguien con quien hablar?
—Una chica tiene que oír a veces cosas muy graciosas,
pero, francamente, usted me desconcierta. ¿De qué quiere que hablemos?
Pregunta fácil.
—De usted.
A partir de aquel momento, ni siquiera tuve que
pensar lo que había de decirle. Todo iba sobre ruedas. Mi mente podía recrearse
libremente en los áureos encantos de la muchacha, en su frescor y su lozanía.
¿Qué falta hacía un cerebro en un cuerpo como aquél?
A mí ninguna, desde luego. Me contenté con dejarla
hablar y con pedir más whisky cada vez que el vaso quedaba vacío.
—Y no sabe usted cómo muele los pies este trabajo...
—Disculpe un momento —dije—. Quisiera saludar a un
viejo amigo.
Me dirigí al otro extremo del bar. Él acababa de
entrar, en compañía de una negra muy atractiva. Normalmente, hubiera fingido no
conocerle, pero su forma de mirarla despertó en mí la tentación de intervenir.
—Hola —dije en voz baja—. Conque volvemos a las
andadas, ¿eh?
—¡Un momento! —Trató de adoptar una actitud altanera,
pero no consiguió disimular su temor—. No sé quién es usted.
—Sí, lo sabe —le dije—, claro que lo sabe.
Me lo llevé aparte y acerqué la boca a su oído.
Cuando oyó lo que le dije se echó a reír.
—¡Qué desfachatez, tratar de asustarme! Pero te
perdono. Lo cierto es que no esperaba encontrarte aquí. ¿Dónde te hospedas?
—En los «Apartamentos Shane». ¿Y tú?
—En las afueras. ¿Te gusta?
Me dio un ligero codazo e indicó a la muchacha, con
un movimiento de cabeza.
—Muy mona. Pero ya conoces mi debilidad.
Los dos nos echamos a reír.
—Bien —dije, para terminar—. No quiero molestarte
más. Sólo deseaba saber si tenías alguna dificultad.
—En absoluto. Todo marcha perfectamente.
—Bien. Estos días tenemos que ser prudentes, con toda
esa publicidad barata que se ha lanzado sobre nosotros...
—Ya lo sé. —Se despidió haciendo un gesto con la
mano—. Buena suerte.
—Igualmente.
Volví a mi mesa. Me sentía plenamente satisfecho.
Shirley Collins también. Durante mi ausencia había
pedido otro whisky. Yo pagué y di propina a la camarera.
—¡Vaya! —exclamó la rubia—. ¡Buen aire le da al
dinero!
—El dinero no significa nada para mí. Esto para usted
—dije separando del fajo cinco billetes de a veinte.
—¡Caramba, Mr. Beers! —Estaba lo que se dice
babeando—. No puedo aceptarlo.
—¡Ande! —la animé—. En el lugar de donde lo saqué
queda todavía mucho. Me gusta verla contenta.
Lo cogió. Es lo que hacen todas. Y, si están tan
bebidas como Shirley, su reacción es siempre la misma.
—Oiga, es usted un chico simpático. —Me cogió una
mano—. Nunca conocí a nadie que fuera así de amable y generoso. Y no trata de
tomarse libertades.
—Tiene razón —dije retirando la mano—. Nada de
libertades.
Esto la dejó perpleja.
—No le entiendo, Mn Beers. A propósito, ¿de dónde
sacó todo ese dinero?
—Lo cogí. Es fácil, cuando se conoce el truco.
—Está tomándome el pelo. Hablando en serio, ¿en qué
se gana la vida?
—Le asombraría si lo supiera —contestá sonriendo—. En
realidad, estoy retirado. Dedico todo mi tiempo a mis aficiones favoritas.
—¿Quiere decir que se dedica a la pintura y a la
lectura y a cosas así? ¿Es coleccionista?
—Exacto. Pensándolo bien, creo que le gustaría
conocer mi colección.
—¿Es que me invita a que vaya a ver sus cuadros?
—preguntó con una risita.
Yo seguí la broma.
—Eso es. No pretenderá que no quiere venir, ¿verdad?
—No. Estaré encantada. —Metió los cinco billetes en
su bolso y se levantó—. Vámonos, papi.
Lo de «papi» no me hizo ninguna gracia. ¡Pero era una
rubia tan apetecible! Incluso con unas copas de más estaba exquisita. Lo que
los jóvenes dicen «muy apetitosa».
Mientras cruzábamos el bar en dirección a la puerta,
media docena de miradas me taladraron por la espalda. Me figuré lo que estarían
pensando: «¡Hay que ver, ese viejo fósil con una muchacha! Pero ¿dónde iremos a
parar?»
Desde luego, todos volvieron a concentrarse en sus
bebidas, pues en realidad nadie deseaba saber dónde iríamos a parar. ¡Que
caigan bombas, que vuelen platillos! La gente sigue sentada en el bar,
emitiendo juicios entre copa y copa. A mí este estado de cosas me va a las mil
maravillas.
También Shirley Collins me iba a las mil maravillas,
de momento. No tuve la menor dificultad en encontrar un taxi ni en meterla en
él.
—«Apartamentos Shane» —dije al chófer.
Shirley se acurrucó a mi lado.
Yo me aparté.
—Qué pasa, papi. ¿Es que no le gusto?
—Claro que me gusta.
—Pues no haga como si temiera que fuese a morderle.
—No se trata de eso. Pero cuando le dije que mis
intenciones no iban por ahí no la engañé.
—Por supuesto, por supuesto. —Se recostó en su
asiento, plenamente satisfecha—. Conque vamos a ver sus cuadros.
El taxi se detuvo. Reconocí el edificio. Di al chófer
un billete de diez dólares y le dije que se quedara con el cambio.
—No acabo de entenderle, Mr. Beers —dijo Shirley. Y
era verdad—. Y esa forma de tirar el dinero...
—Digamos que lo hago en son de despedida. Dentro de
poco me marcho de la ciudad. —La cogí del brazo y entramos en el vestíbulo. En
el ascensor no había nadie. Oprimí el botón del último piso. Lentamente, fuimos
subiendo.
Mientras ascendíamos, Shirley se serenó bruscamente.
Me miró de frente y me cogió por los hombros.
—Oiga, Mr. Beers, acaba de ocurrírseme una cosa. Una
vez vi una película que... bueno, lo que yo quiero decir es que ese despilfarro
y ese viaje del que habla... No estará usted enfermo, ¿verdad? No le habrá
dicho el médico que va a morirse de un momento a otro, ¿eh?
Aquella solicitud resultaba conmovedora, por lo que
no me eché a reír.
—Puedo asegurarle que sus temores carecen de
fundamento. Tengo mucha vitalidad y espero conservarla durante bastante tiempo
todavía.
—Magnífico. Me quita un peso de encima. Me gusta
usted, Mr. Beers.
—Y usted a mí, Shirley.
Retrocedí a tiempo de esquivar un abrazo. El ascensor
se detuvo. La conduje por el pasillo hacia la escalera.
—¡Oh, vive en el ático! —exclamó.
Ahora estaba realmente excitada.
—Usted primero —murmuré.
Subió delante de mí. Al final de la escalera se
detuvo, perpleja.
—Aquí hay una puerta. ¿Da al tejado?
—Siga adelante —insté.
Salió a la azotea y yo la seguí. La puerta se cerró
detrás de nosotros y todo quedó en silencio.
Todo estaba quieto, con quietud de medianoche. Todo
estaba hermoso, con hermosura de medianoche. Debajo de nosotros, se extendía el
oscuro cuerpo de la ciudad, adornado con collares de neón y pulseras y sortijas
incandescentes. Es un espectáculo que he visto muchas veces, desde el aire y
desde las azoteas, y siempre me entusiasma. En el lugar del que yo vengo todo
es distinto. No es que desee cambiar, la ciudad resulta interesante, sí, pero
para venir de visita; no me gustaría vivir aquí.
Me quedé absorto contemplando las calles. La rubia
también estaba absorta; pero no miraba las calles.
Seguí la dirección de su mirada. Iba hacia la sombra
de la cúpula del edificio. En la oscuridad, un objeto redondo despedía una
tenue luz irisada. Estaba pertectamente escondido de la vista de los edificios
vecinos y tampoco desde la puerta de aquella azotea era posible distinguirlo.
Pero Shirley acababa de descubrirlo.
—¡Hola! —exclamó—. ¡Mire, Mr. Beers! —Yo miré—. ¿Qué
puede ser? ¿Un avión? ¿O tal vez uno de esos platillos? —Yo miré—. Mr. Beers,
¿qué pasa? Ni siquiera parece sorprendido. —Yo miré—. ¿Sabía... sabía usted que
estaba ahí?
—Sí; es mío.
—¿Suyo? ¿Tiene usted un platillo volante? No es
posible. Usted es un hombre y...
Lentamente, dije que no con la cabeza.
—Eso no es exacto, Shirley. Verá... en el lugar donde
yo vivo, mi aspecto no es el que usted ve. —Con un ademán señalé aquellas
cansadas carnes—. Esto se lo pedí prestado a Ril.
—¿Ril?
—Sí, es un amigo. También colecciona. Todos nosotros
somos coleccionistas, ¿sabe? Es nuestro pasatiempo predilecto. Venimos a la
Tierra y coleccionamos. —No pude leer en su rostro, porque, cuando quise
acercarme, ella retrocedió—. La colección de Ril es bastante especial. Está
dedicada a la letra «B». ¡Tendría usted que ver su sala de trofeos! Tiene un
Bronson, tres Baker y un Beers, cuyo cuerpo utilizo yo en estos momentos. Se
llamaba Ambrose Beers, según creo. Ril lo encontró en Méjico hace mucho tiempo.
—¡Está loco! —susurró Shirley.
Pero siguió escuchándome. Escuchándome y retrocediendo.
—Mi amigo Kor tiene ejemplares de todos los países.
Mar, al que hemos visto esta noche en la cafetería, se dedica a tipos
melanesios. Muchos de nosotros venimos aquí con bastante frecuencia, y, a pesar
de la publicidad que últimamente se ha desplegado a expensas nuestras y del
peligro que entraña el viaje, resulta divertidísimo. —Me encontraba muy cerca
de ella. Había dejado de retroceder, pues estaba ya en el borde del tejado—. En
cuanto a Vis, su especialidad son las pelirrojas. Sólo colecciona pelirrojas.
Tiene un ramillete precioso, todas rehenchidas. Ril, en cambio, prefiere no
rehenchir sus ejemplares, es por ello por lo que podemos utilizarlos en
nuestros viajes. Oh, le aseguro que es algo fascinante. Ril los conserva en
tanques y Vis rehincha a sus pelirrojas. En cuanto a mí, yo colecciono rubias.
Los ojos se le salían de las órbitas y apenas tuvo
aliento para preguntar:
—¿Y va a rehenchirme a mí?
No pude menos que echarme a reír.
—De ninguna manera, querida. Tranquilícese. Y tampoco
pienso meterla en un tanque de conservación. Yo colecciono por motivos
enteramente distintos.
Ella se ladeó, en dirección al irisado globo. No
podía ir hacia ningún otro sitio. Y yo me acercaba más y más.
—Está... riéndose de mí —jadeó.
—¡Oh, no! Mis amigos dicen que tengo ideas
extravagantes, pero yo me divierto así. Para mí, nada como las rubias. Y tengo
motivos para saberlo bien. Desde que empecé, he coleccionado a más de un
centenar. Usted es la ciento tres.
No tuve que hacer nada. Se desmayó en mis brazos.
Todo salió a pedir de boca. No hubo necesidad de hacer una escena en la azotea.
Me limité a meterla en la nave, y despegamos al momento.
Desde luego, la gente recordaría al viejo que salió
del baile en compañía de Shirley Collins. Además, por toda la ciudad dejé un
reguero de billetes. Se realizaría una investigación, por supuesto. Siempre se
realizaba la investigación.
Pero no me preocupaba. Ril dispone de muchos cuerpos,
además del de Beers. La próxima vez elegiré el de un hombre algo más joven. En
la variedad está la sal de la vida.
Sí, fue una noche muy agradable. Fui cantando durante
casi todo el viaje de regreso. Fue muy divertido, y aún faltaba lo mejor.
Y es que me gustan las rubias. No me importa que los
demás se rían de mí. Una rubia es para mí lo mejor, a cualquier hora. Como
dije, es cuestión de gusto.
Y las rubias son sencillamente deliciosas.
Me gustan las rubias. Robert
Bloch
I
like blondes. PlayBoy, Enero
1956
Traducción: Ana María de la Fuente
Hiélase la sangre. Col. Pan, nº 2.
Plaza & Janés. 1963